EL ATRATO DEBE ESTAR DE LUTO





 
Por Alfredo Vanin  (Especial para Citará).

            La última vez que nos vimos, hace ya tres años, en Buenaventura, tuve la convicción  de que tendríamos poeta para rato. Seguía orgulloso de la gran casa que había heredado en la Calle de las Águilas, en su natal Quibdó, estaba orgulloso de su mujer, y orgulloso del malecón que habían recuperado con la Fundación Beteguma, desde que en una noche de rones y sones cantados por el Brujo y Santacoloma, luego de un paseo por su ciudad, se me ocurrió decirles a él y al Arquitecto Cújar que ese malecón valía la pena rescatarlo, que todas nuestros pueblos se habían apoderado del paisaje sólo con fines pragmáticos. Meses después fui invitado a un recital frente al incesante río Atrato.

            Toda nuestra amistad había empezado cuando la Alcaldía de Quibdó me invitó a participar en el homenaje que se le rindió al gran escritor de Cértegui, Arnoldo Palacios, el autor de Las estrellas son negras, en alguna de sus venidas a Colombia. Juan Bautista Velasco, como se me presentó, pasaría a ser esa noche uno de los más entrañables amigos que he tenido, no sólo por su condición de buen poeta, de enamorado de la literatura, sino también por su decidida condición de luchador a favor de lo que en la región bautizaron como la afrochocoanidad. Él, un hombre que pasaría por blanco, a quien la gente que no lo conocía lo miraba dos veces cuando decía que era un negro chocoano[1]. Y en realidad lo era, no impostaba la voz ni la actitud para que fuera tenido como tal. Y ese compromiso con lo negro perneaba sus versos, los iluminaba, hacía sentir en ellos la lujuriosa explosión de la selva próxima, el rito ancestral y amoroso, los cuerpos ultrajados por la historia y amados y cantados hasta el delirio con el expresionismo viril que surgía de su canto.  Además, me contó que uno de sus bisabuelos  había sido muerto a lanzazos por una familia también blanca, porque privilegiaba su relación con los negros, hasta el punto de realizar cruces de sangre. Lo mataron en los bajos de su propia casa, sin defensa posible.

            Seguirían nuevos encuentros: en el Festival de Poesía de Medellín, nuestra presencia en  el Festival de Poesía de La Habana, invitados por el entonces presidente de la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba), con quien nos conocimos en Medellín. Lo invité luego al Festival del Currulao de Tumaco, con doble intención: primero, para crear un Encuentro permanente de Poetas Frente al Mar, que no ha prosperado, pero que lucharé en su nombre; segundo, para que conociera el Sur del Pacífico, de donde vino deslumbrado, principalmente porque las fronteras de la afrochocoanidad se le ampliaron y su mente sensible supo reconocer diferencias y coincidencias y las posibilidades que se abrirían si el Sur y el Norte lucharan de la mano... Luego, nos encontraríamos en Buenaventura, en un evento convocado por el Ministerio de Cultura, que terminó en un recital de todos los santos diablos, primero en el lobby del hotel y luego en el malecón del parque Néstor Urbano Tenorio, con nuestras voces imprecando el océano, golpeando en el aire de la madrugada, rodeados por un pequeño público que nos pedía más y más poemas. Fue inolvidable. Como sería inolvidable cada momento en su casa, en las calles de su Quibdó que tanto quiso, en las charlas infinitas, y la demostración de cariño por su adorada María Conga. Su casa –me decía- era mi casa y hasta la última vez que me envió un veloz mensaje por Internet, hace dos meses, me lo reiteró.

            Por fortuna, Juan Bautista  había publicado ya su primer libro de versos, Orillas secretas y otros poemas, en el que compiló todo el torrente creativo de años y le rindió homenaje a su mujer y al Chocó, al que él llamaba “el país de la lluvia”. Hace poco había regresado de una estancia de dos años en España. Fue a seguirle el hilo a las migraciones asturianas a Colombia, en las que vino su abuelo paterno, y llegó con un parte de victoria, porque el libro de sus investigaciones saldrá pronto, editado en la Península. Me lo contó por internet, y sentí que había una secreta venganza en nombre de su bisabuelo asesinado. La historia, sin embargo, preparaba otra emboscada, contra él, contra su vida, contra su poesía, que fue truncada de golpe cuando más tenía qué decirnos, pero lo que escribió quedará incrustado para siempre en los sonoros ríos y pueblos como la mayor poesía chocoana actual.

            Adiós a Juancho, adiós a su palabra y a su entusiasmo. Paimadó, Sapzurro, el Atrato, esos ríos y pueblos nos acompañarán en este duelo. Todo se invirtió, ayer lo celebrábamos, hoy lo despedimos. La vida es eso: contradicciones a montón, puntos extremos de un columpio incesante. Como en ese poema en el que le canta a la descendiente de esclavos que amaba, y le confiesa que él es ahora el esclavo de su cuerpo…     

            Sí, todo el Atrato debe estar de luto, todo el Chocó caribe y  todo el Pacífico, porque perdimos a una voz mayor, el que me dio un día la bienvenida “al país de la lluvia”,  que ahora lo alberga para siempre.

            Así, como homenaje, aquella vez se inició este poema:

“El país de la lluvia”
                       (A Juan B. Velasco)
Llovía en el Atrato
y  la noche nos hizo regresar a los balcones
de una casa antigua
donde reía una mujer con la risa sonora
de las congas y el treno de los pájaros
que habían renacido en Beté y conocían las  lagunas
de los pescadores nómadas 
llovía sobre los ojos de la orilla
sobre las calles que iluminaban las  estrellas negras
llovía contra toda ofensa
llovía para siempre
una canción llegaba desde el malecón
y  las barcazas, la voz de un brujo que nos hizo brujos
y sólo nos quedaba  esa canción
que nos alejaba en la madrugada
de la fiesta de santos
de todas las orillas rebeldes
de los ojos profundos de las mujeres que inventa cada día
el país de la lluvia.  

Alfredo Vanin
Cali, mayo 13 de 2005
vaninromero@yahoo.com


[1] Paseando por el malecón de La Habana, le preguntaron si era italiano, a mí si era cubano. Bastó empezar a hablar par que supiéramos que no éramos ni lo uno ni lo otro.

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