EL ATRATO DEBE ESTAR DE LUTO
La
última vez que nos vimos, hace ya tres años, en Buenaventura, tuve la
convicción de que tendríamos poeta para
rato. Seguía orgulloso de la gran casa que había heredado en la Calle de las Águilas, en su
natal Quibdó, estaba orgulloso de su mujer, y orgulloso del malecón que habían
recuperado con la Fundación Beteguma ,
desde que en una noche de rones y sones cantados por el Brujo y Santacoloma,
luego de un paseo por su ciudad, se
me ocurrió decirles a él y al Arquitecto Cújar que ese malecón valía la pena
rescatarlo, que todas nuestros pueblos se habían apoderado del paisaje sólo con
fines pragmáticos. Meses después fui invitado a un recital frente al incesante río
Atrato.
Toda nuestra
amistad había empezado cuando la
Alcaldía de Quibdó me invitó a participar en el homenaje que
se le rindió al gran escritor de Cértegui, Arnoldo Palacios, el autor de Las estrellas son negras, en alguna de
sus venidas a Colombia. Juan Bautista Velasco, como se me presentó, pasaría a
ser esa noche uno de los más entrañables amigos que he tenido, no sólo por su
condición de buen poeta, de enamorado de la literatura, sino también por su
decidida condición de luchador a favor de lo que en la región bautizaron como
la afrochocoanidad. Él, un hombre que
pasaría por blanco, a quien la gente que
no lo conocía lo miraba dos veces cuando decía que era un negro chocoano[1].
Y en realidad lo era, no impostaba la voz ni la actitud para que fuera tenido
como tal. Y ese compromiso con lo negro perneaba sus versos, los iluminaba, hacía
sentir en ellos la lujuriosa explosión de la selva próxima, el rito ancestral y
amoroso, los cuerpos ultrajados por la historia y amados y cantados hasta el
delirio con el expresionismo viril que surgía de su canto. Además, me contó que uno de sus
bisabuelos había sido muerto a lanzazos
por una familia también blanca, porque privilegiaba su relación con los negros,
hasta el punto de realizar cruces de sangre. Lo mataron en los bajos de su
propia casa, sin defensa posible.
Seguirían
nuevos encuentros: en el Festival de Poesía de Medellín, nuestra presencia
en el Festival de Poesía de La Habana,
invitados por el entonces presidente de la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba), con
quien nos conocimos en Medellín. Lo invité luego al Festival del Currulao de
Tumaco, con doble intención: primero, para crear un Encuentro permanente de
Poetas Frente al Mar, que no ha prosperado, pero que lucharé en su nombre;
segundo, para que conociera el Sur del Pacífico, de donde vino deslumbrado,
principalmente porque las fronteras de la afrochocoanidad
se le ampliaron y su mente sensible supo reconocer diferencias y coincidencias
y las posibilidades que se abrirían si el Sur y el Norte lucharan de la mano...
Luego, nos encontraríamos en Buenaventura, en un evento convocado por el
Ministerio de Cultura, que terminó en un recital de todos los santos diablos, primero
en el lobby del hotel y luego en el malecón del parque Néstor Urbano Tenorio,
con nuestras voces imprecando el océano, golpeando en el aire de la madrugada,
rodeados por un pequeño público que nos pedía más y más poemas. Fue
inolvidable. Como sería inolvidable cada momento en su casa, en las calles de
su Quibdó que tanto quiso, en las charlas infinitas, y la demostración de
cariño por su adorada María Conga. Su casa –me decía- era mi casa y hasta la
última vez que me envió un veloz mensaje por Internet, hace dos meses, me lo
reiteró.
Por
fortuna, Juan Bautista había publicado
ya su primer libro de versos, Orillas
secretas y otros poemas, en el que compiló todo el torrente creativo de
años y le rindió homenaje a su mujer y al Chocó, al que él llamaba “el país de
la lluvia”. Hace poco había regresado de una estancia de dos años en España. Fue
a seguirle el hilo a las migraciones asturianas a Colombia, en las que vino su
abuelo paterno, y llegó con un parte de victoria, porque el libro de sus
investigaciones saldrá pronto, editado en la Península. Me lo contó por internet,
y sentí que había una secreta venganza en nombre de su bisabuelo asesinado. La
historia, sin embargo, preparaba otra emboscada, contra él, contra su vida,
contra su poesía, que fue truncada de golpe cuando más tenía qué decirnos, pero
lo que escribió quedará incrustado para siempre en los sonoros ríos y pueblos
como la mayor poesía chocoana actual.
Adiós a
Juancho, adiós a su palabra y a su entusiasmo. Paimadó, Sapzurro, el Atrato,
esos ríos y pueblos nos acompañarán en este duelo. Todo se invirtió, ayer lo
celebrábamos, hoy lo despedimos. La vida es eso: contradicciones a montón,
puntos extremos de un columpio incesante. Como en ese poema en el que le canta
a la descendiente de esclavos que amaba, y le confiesa que él es ahora el
esclavo de su cuerpo…
Sí, todo
el Atrato debe estar de luto, todo el Chocó caribe y todo el Pacífico, porque perdimos a una voz
mayor, el que me dio un día la bienvenida “al país de la lluvia”, que ahora lo alberga para siempre.
Así,
como homenaje, aquella vez se inició este poema:
“El país de la lluvia”
(A Juan B.
Velasco)
Llovía en el Atrato
y la noche nos hizo regresar a los balcones
de una casa antigua
donde reía una mujer con la
risa sonora
de las congas y el treno de
los pájaros
que habían renacido en Beté y
conocían las lagunas
de los pescadores nómadas
llovía sobre los ojos de la
orilla
sobre las calles que
iluminaban las estrellas negras
llovía contra toda ofensa
llovía para siempre
una canción llegaba desde el
malecón
y las barcazas, la voz de un brujo que nos hizo
brujos
y sólo nos quedaba esa canción
que nos alejaba en la
madrugada
de la fiesta de santos
de todas las orillas rebeldes
de los ojos profundos de las
mujeres que inventa cada día
el país de la lluvia.
Alfredo Vanin
Cali, mayo 13 de 2005
vaninromero@yahoo.com
[1] Paseando por el malecón de La
Habana , le preguntaron si era italiano, a mí si era cubano.
Bastó empezar a hablar par que supiéramos que no éramos ni lo uno ni lo otro.

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